Batalla del Salado

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Batalla del Salado
la Reconquista
La batalla del Salado (1340).jpg
Fecha 30 de octubre de 1340
Lugar Río Salado, Tarifa, Cádiz, (Flag of Spain.svg España)
Conflicto La batalla del Salado. Siglo XVII. (Monasterio de Guadalupe).
Resultado Victoria decisiva cristiana
Consecuencias Fracaso de la invasión benimerí a la Península Ibérica.
Beligerantes
Estandarte de la Corona de Castilla.png Corona de Castilla
PortugueseFlag1248.svg Reino de Portugal
Flag of Morocco 1258 1659.svg Reino Meriní de Marruecos
Standard of Grenade after Cresques Atlas s XIV.svg Reino de Granada
Comandantes
Estandarte de la Corona de Castilla.png Alfonso XI
PortugueseFlag1248.svg Alfonso IV
Estandarte de la Corona de Castilla.png Garcilaso de la Vega
Estandarte de la Corona de Castilla.png Juan Núñez de Lara Arzobispo Gil de Albornoz
Flag of Morocco 1258 1659.svg Abu Al-Hassan Alí
Standard of Grenade after Cresques Atlas s XIV.svg Yusuf I de Granada

La batalla del Salado (librada el lunes 30 de octubre de 1340, en la actual provincia de Cádiz) fue una de las batallas más importantes del último periodo de la Reconquista. En ella, las fuerzas combinadas de Castilla y Portugal derrotaron decisivamente a los benimerines, última nación norteafricana que trataría de invadir la península Ibérica.

Antecedenteseditar

Estatua de Alfonso XI, el del Salado

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Tras la decisiva victoria de las Navas de Tolosa en 1212, los almohades perdieron el control sobre el sur de la península Ibérica y se replegaron al Norte de África, dejando tras de sí un conjunto de desorganizadas taifas que fueron ocupados por los reinos cristianos entre 1230 y 1264. Tan sólo el reino de Granada logró mantenerse independiente, aunque fue forzado a pagar un elevado tributo en oro a Castilla cada año. Por aquel entonces, el reino de Granada comprendía las actuales provincias de Granada, Almería y Málaga, más el istmo y peñón de Gibraltar.

En 1269, la debilitada dinastía almohade sucumbió ante otra tribu bereber emergente, los Banu Marin («Benimerines» para los castellanos). Desde su capital en Fez, esta tribu originaria del sur de Marruecos pronto dominó la mayor parte del Magreb, llegando por el este hasta la actual frontera entre Argelia y Túnez. A partir de 1275 dirigieron su atención hacia Granada, donde desembarcaron tropas e influyeron decisivamente en su gobierno ante el recelo de los cristianos del norte. El choque no tardó en llegar, y así, a finales del siglo XIII, los benimerines ya habían declarado la guerra santa a los cristianos y realizado varias incursiones en el Campo de Gibraltar, con el fin de asegurarse el dominio sobre el tráfico marítimo en el Estrecho. En 1288, a instancias del rey Yusuf I de Granada, firmaron una alianza formal con los nazaríes con el fin de tomar Cádiz como objetivo final. Sin embargo, una serie de rebeliones en el Rif retrasaron la campaña contra Castilla hasta 1294, año en que los benimerines asediaron Tarifa sin éxito debido a la tenaz resistencia ofrecida por Guzmán el Bueno.

En 1329 los benimerines y sus aliados granadinos atacaron de nuevo a los castellanos, a quienes derrotaron y tomaron Algeciras.

En agosto de 1330 Castilla se impondría a Granada en la Batalla de Teba, conocida en otros países por haber fallecido en ella el noble escocés Sir James Douglas. Como consecuencia de la derrota granadina, el 19 de febrero de 1331, se firmó la Paz de Teba por la que los monarcas castellano, aragonés y nazarí se comprometían a una tregua de cuatro años y a la entrega de parias al rey castellano por parte del emir granadino.

A pesar de ello, desde su base en Algeciras, los musulmanes sitiaron Gibraltar (ocupada por los cristianos en 1309, precisamente como medida preventiva ante las invasiones meriníes) y la reconquistaron en 1333. La flota castellana del Estrecho, capitaneada por el Almirante Alonso Jofre Tenorio, no era lo suficientemente poderosa como para detener el constante flujo de tropas musulmanas hacia la Península, por lo que Alfonso XI de Castilla solicitó apoyo naval a la Corona de Aragón. Ésta accedió a enviar en 1339 una flota de guerra mandada por Jofre Gilabert, pero tras una operación en Algeciras, el almirante aragonés resultó herido por una flecha y su flota se dispersó. Siguió entonces un ataque de los benimerines contra la escuadra castellana, con un resultado catastrófico para ésta: todos los barcos, excepto cinco que pudieron refugiarse en Cartagena, fueron destruidos por los musulmanes y Tenorio hecho prisionero y decapitado. Castilla quedaba así abierta de par en par a una nueva invasión norteafricana.

Al conocer el desastre, Alfonso XI decidió entonces jugar su última carta enviando a su mujer, María de Portugal, para que pidiera ayuda al padre de ésta. No obstante, el rey Alfonso IV, que entonces se encontraba algo rencoroso con su yerno por el abandono al que tenía sometida a su hija en favor de su amante Leonor de Guzmán, declinó inicialmente la propuesta, exigiendo que si el monarca castellano necesitaba ayuda, fuera él quien se la pidiera personalmente. Ante la situación, Alfonso XI no pudo hacer otra cosa que tragarse su orgullo y enviar una carta de su puño y letra a Lisboa. Alfonso IV respondió entonces positivamente y mandó una flota a Cádiz a las órdenes del marino genovés Manuel Pezagno, que se unió a un contingente de 12 naves aragonesas que ya se encontraban ancladas allí.

Efectivos cristianoseditar

Cítara del Rey de Portugaleditar

La Hueste de Portugal estaba formada por: Obispo de Braga, Prior de Crato, Maestre de Santiago, Maestre de Avis, Lope Fernández Pacheco, Gonzalo Gómez de Sousa y Gonzalo de Acevedo. Formada por 1 000 caballos para poder enfrentarse a la caballería del Rey de Granada, el de Castilla la reforzó con las siguientes tropas:1

Cítara del Alcaide de Tarifaeditar

Alcaide de Tarifa Juan Alfonso de Benavides al mando de la guarnición de la plaza reforzada por:

Batallaeditar

La delantera estaba al mando del infante don Juan con las siguientes fuerzas:

El Cuerpo de Batalla lo mandaba personalmente el rey de Castilla que contaba con:

Al mando de la Zaga estaba Alonso de Aguilar con las siguientes fuerzas:

  • Mesnadas de Alonso de Aguilar.
  • Compañas concegiles de Córdoba.

Pero Niño, ricohombre de León esba al frente de la Costanera derecha.

Territorios de las órdenes militares de los reinos ibéricos hacia finales del siglo XV.

Alonso Ortiz Calderón, prior de San Juan al frente de la armada guarnecía la Costanera izquierda:

La batallaeditar

Los ejércitos de ambos reyes se encontraron en Sevilla de donde salieron las fuerzas de los dos monarcas, en camino a Tarifa, llegando ocho días después a la Peña del Ciervo desde donde vieron frente a ellos la extensión del campo de las fuerzas musulmanas. El 29 de septiembre, en consejo de guerra se decidió que Alfonso XI de Castilla, luchara contra el Rey de Marruecos, y Alfonso IV de Portugal contra el de Granada, Yusuf I.

En el campo de los cristianos y los musulmanes todo estaba listo para la batalla. La caballería castellana cruzó el río Salado y la batalla comenzó. Cuando la élite de la caballería musulmana fue incapaz de detener el ataque acudió inmediatamente Alfonso XI con el grueso de sus tropas a hacer frente a las innumerables fuerzas de los moros y, aunque fue temporalmente sitiado en el sector, tras una lucha feroz, en la que el valeroso rey de Castilla acudió a los puntos de mayor peligro, acabó por derrotar completamente a las fuerzas árabes a las que se enfrentaba.

En ese momento la guarnición de la plaza de Tarifa hizo una salida inesperada para los moros y cayó sobre la parte trasera para atacar el campamento de Abul-Hassan en el que causaron grandes estragos. En la zona de combate de las fuerzas portuguesas las dificultades eran aún mayores, porque los moros de Granada, más disciplinados, luchaban por su ciudad bajo el mando de Yusef Abul-Hagiag y veían su reino en peligro. Alfonso IV, al mando de sus intrépidos jinetes, logró romper la formidable barrera de las filas enemigas, lo que desato el pánico y causó la derrota de los moros de Granada. Los granadinos huyeron en desbandada y del mismo modo las fuerzas africanas abandonaron el campo de batalla dejándolo todo para salvar su vida. El campo quedó sembrado de cadáveres de víctimas del bando moro.

El 1 de noviembre por la tarde, los ejércitos vencedores abandonaron el campo de batalla con un gran botín en dirección a Sevilla, donde el rey de Portugal se quedó poco tiempo para regresar de inmediato a su país. El rey de Portugal, Alfonso IV, en un raro gesto de desinterés, y sólo después de mucho insistir el marido de la hija, la reina Maria, eligió como recuerdo, una cimitarra enjoyada y entre los presos, un sobrino del rey Abul-Hassan.

Consecuenciaseditar

La victoria de los cristianos en la batalla de Salado desmoralizó al mundo musulmán y extendió un gran entusiasmo entre el cristianismo europeo. Después de seis siglos era como una renovación de la victoria de Carlos Martel en la Poitiers. Alfonso XI para exteriorizar su alegría se apresuró a enviar al Papa Benedicto XII una pomposa embajada, portadora de muy valiosos regalos procedentes de parte del botín conquistado a los moros, además de veinticuatro presos que portaban las banderas que habían caído en manos de los vencedores.

La ayuda proporcionada por Portugal, que sin duda había sido muy importante para decidir la victoria de los ejércitos cristianos, el Papa Benedicto XII eliminó de la alabanza que, en respuesta, dirigió a Alfonso XI. D. Alfonso IV, que durante su reinado practicó las mayores crueldades, quedó en la historia con el apodo de el Bravo, resultado de su acción en la batalla del Salado.

Bibliografíaeditar

  • Huici Miranda, Ambrosio (2000). Las grandes batallas de la reconquista durante las invasiones africanas. Granada: Universidad de Granada. ISBN 84-338-2659-X. 
  • Sánchez-Arcilla Bernal, José. Alfonso XI, Editorial La Olmeda, S.L., Palencia, 1995.

Enlaces externoseditar

Referenciaseditar








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