Muliza

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Muliza
Mulliza2.jpg
Datos generales
Nombre real Muliza
Nacimiento Nuvola Republic of Peru flag.svg Cerro de Pasco, Perú en 1776
Origen Emblema musical de Pasco R.M. N° 007-2014-VMPCIC-MC Ministerio de Cultura
Información artística
Género(s) Muliza

Este tipo de melodía es conocida como Muliza, su origen se remonta a los primeros años de la vida republicana peruana, proviene de la palabra Mulero, que corresponde al rico historial del Cerro de Pasco, de sus ricos yacimientos de minerales.

Historiaeditar

Ubicado en la parte más alta del planeta, alejado del puerto de transporte de minerales y centros de producción de bienes de consumo, el Cerro de Pasco recibió a partir del siglo XVII, el valioso aporte de un personaje muy importante en la actividad minera de entonces: el mulero. Éste no solamente debía traer miríadas de mulas del norte argentino en largas jornadas, sino también transportar enormes masas de mineral desde los socavones hasta los ingenios ubicados a considerables distancias; de vuelta, madera, carbón y sal, elementos muy útiles para la metalurgia de entonces; en casos muy especiales, lingotes de plata de nuestras callanas hasta la Casa de Moneda de Lima con todos los riesgos y peligros que la empresa imponía. La cosa no queda ahí; debido a que en la ciudad minera no se cultiva ningún producto alimenticio, debía traerlo de considerables distancias.

Inicialmente se utilizaron las llamas para el transporte metálico, más tarde, los mineros se vieron en la necesidad de cambiarlas por las mulas. La sustitución se llevó a cabo entre los años 1600 a 1610. En el comienzo, cuando resultó extremadamente abundante la producción minera, la llama y el caballo resultaron débiles e insuficientes para el transporte de la metálica saca. La llama, por ejemplo, podía cargar hasta cien libras de peso cubriendo una distancia de diez leguas diarias y le era dramáticamente difícil vencer los ríspidos y agrestes caminos de la zona andina; por esta razón se recurrió a la solución ideal: la mula.

Este híbrido resulta del cruce de un asno macho con yegua. Su parecido físico con sus progenitores es obvio; el éxito de la mezcla radica en la resistencia que proporciona el padre (asno) y la velocidad, temperamento y elegancia de la madre (yegua). Su coeficiente digestivo le permite aprovechar alimentos que los caballos asimilan con mucha dificultad, por esto su mantenimiento resulta más barato que el del caballo. No solamente resultaba idóneo para el transporte metálico como había ocurrido en Potosí, sino también para el pisoteado de la plata en los ingenios. Su compra entonces se torna increíble: Dos mil mulas diarias en el mercado, afirma admirado el visitante alemán Tadeo Hanke y, otro visitante, Tord Lazo, remarca: En el Cerro de Pasco activísimo centro comercial, el negocio mayor se realiza con Quito por sus textiles y Córdoba, Salta y Tucumán, como proveedores de mulas para el trabajo minero.

El notable visitante germano escribía admirado: “No obstante las asperezas de un clima agresivo y siempre cambiante, el Cerro de Pasco, es una de las más recomendables y admirables poblaciones del reino del Perú, tanto por su crecido vecindario, que cada día va en aumento, como por el mucho dinero que circula y hace todo el fondo de su comercio. Esta abundancia proverbial sirve también para dar vida a los pueblos vecinos que traen alimentos y otras cosas como Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo, Conchucos, Chachapoyas y pueblos de la selva. En dicha ciudad se presenta el espectáculo más agradable a la contemplación de los curiosos, pues se ve llegar a numerosos vecinos de Jauja, para expender una gran variedad de harinas; a los de Conchucos, con el mismo afán y con el de vender la abundante y hermosa ropa que labran en su país, no obstante que también los de Huamalíes conducen los suyos en variedad notable; a los de Ica, ofreciendo su muy solicitada gama de aguardientes, centenares de botijas de pisco, vino y vinagre; pero también, alfeñiques, chancacas y mieles; de Cusco y Huamanga bayetones dobles de color, fino y entero, de algodón abatanado, pañetes, pellones, alfombras de lana, chuses para adornos de iglesias y casas, tocuyos, suelas, badanas, petaquillas prensadas y figuras de madera y piedra; de Tarma, cordellates, jergas, y perniles de puerco; a los de Arequipa con ajos, cebollas, ajíes, ropa y suelas, además de jabones y aceite; a los de Huaylas cuya importancia principal se compone de azúcar; a los de Huánuco que conducen coca, chancaca, mieles, cascarilla, resinas, granos y frutas; a los de Cajatambo y Chancay que transportan el ingrediente tan necesario de la sal. A esto hay que añadir el comercio de dos mil mulas diariamente, las que se emplean para la conducción de los metales cuyo dinero se paga al contado, reportando a sus dueños de esta suerte, ganancias ventajosas, siendo el alma de todo esto, la propiedad de la mina.”

Para esas fechas, todavía circulaban recuas de cuatro a seis mil llamas, movilizadas en los trajines comerciales de la coca, el alcohol y los alimentos mencionados. Era un espectáculo especial cuando las llamas entraban en la ciudad en medio del ruido de sus cencerros y el silbido de los pastores. En cualquier caso, las características técnicas de esos dos animales de carga eran completamente diferentes, al igual que lo eran sus áreas de crianza, formas de propiedad y tipos de comercio en que se utilizaban.

Haciendo un promedio general, la tropa de mulas con vacas, carneros y carretas podían trotar 84 kilómetros en un día en aproximadamente doce o catorce horas de marcha. Los baquianos recomendaban un descanso de dos días entre cada jornada. Para evitar la demora, lo ideal era 8 horas de viaje diario para no agotar a los animales. Éstos eran alimentados con pasto verde fresco de las laderas circundantes y fardos de forraje seco, avena y maíz. Las mulas son muy fuertes y pueden cargar arriba de 100 kilos sin inconvenientes. Para salvaguardar la vida del animal en el ambiente montañoso y asegurar las cargas, le colocaban 60 kilos que, sumados a los aproximadamente 20 kilos de la “alabarda” (atalaje especial para sujetar la carga sobre el lomo del animal) hacían un total de 80 kilos.

El transporte de mercancías se efectuaba en recuas que llevaban un recipiente a cada lado. Ocho o diez cargueros conformaban una recua; cuando había más de seis se la dividía en retazos y para lograr que prosiguieran sin dispersarse, eran alentadas y guiadas por el cencerro de una madrina. Las carretas que también conformaban la tropa, estaban haladas por cinco mulas, una en las varas, dos laderas y dos cuadreras. El conductor o carretero debía apretarse fuertemente la cintura con una faja de lana para resistir la fatiga de diez o más horas de jornada y proteger los riñones a los cuales afecta el paso peculiar de la mula; sobre la faja usar cinturón común para la vaina del cuchillo que llevaba a la cintura.

Las caravanas no siempre llegaban indemnes a destino; muchas veces fueron asaltadas por ladrones de caminos que las esperaban en determinados lugares; por eso se trataba de que fueran compactas y nutridas.

Amarillentos documentos de aquellas épocas evidencian el increíble stock de mulas y caballos en el Cerro de Pasco. Las primeras, entre dos mil a tres mil, diariamente, utilizadas como medio de transporte de minerales de los seiscientos socavones para su depuración y beneficio en las respectivas haciendas. Los segundos, además de conducir a sus jinetes mineros, un millar, trabajando en los ingenios que molían y refinaban metales en las riberas de Pasco, Quiulacocha, quebradas de Pucayacu, Tullurauca y Ulcupalpa.

Pero la mula no se da así no más simplemente como el caballo o el burro; se necesita de una cría especializada que solamente se daba en el norte argentino, zona singularmente signada para la cría y venta de mulas. Ante el auge fabuloso de la venta de mulas, Córdoba, que por aquellos días pertenecía a la provincia de Tucumán, ocupaba la zona serrana que por la disposición de sus valles se transformaban en excelentes y resguardados potreros, como hechos ex profeso, con tan sólo un cerco en las entradas. Entre propiedad y propiedad, los límites quedaban asegurados a un bajo costo puesto que la naturaleza con sus vallados naturales, hacía importantísima la separación porque se utilizaban pircas de piedras o arbustos muy abundantes en la zona. Aquí estaban asentados los grandes criaderos de mulas y sus extensos potreros invernales, de tal manera que las tierras aptas de la sierra eran ocupadas en su totalidad. Cuando el espacio se redujo por la abundancia de animales, los potreros se fueron extendiendo en toda la zona pampeana argentina, especialmente en dirección a Santa Fe. Para entonces Córdoba ya estaba saturada por más de 800 estancias. En esa época, por el sentimiento de cooperación, los animales podían pastar en todas las extensiones sin limitarse a terrenos privados. Todo era comunitario. Al principio al menos, después se originarían los conflictos de propiedades. La cría de mulas había invadido todos los terrenos y no había lugar para la agricultura

El problema que representa su cría consiste en que, a diferencia del vacuno cimarrón que se produce libremente en los campos, exige ciertas técnicas para su reproducción y una especial dedicación en varias etapas, desde noviembre en que comenzaba la parición, hasta el 24 de junio, día de San Juan, en que comenzaba la hierra y la venta consiguiente. En todo ese tiempo había que seleccionar y separar los conjuntos reproductores, cuidar de la alimentación de las pequeñas crías, capar a los machos, marcarlos con hierro, amansarlos y, la prueba más brava, arrearlas, por millares, hasta la zona de venta de los ventisqueros de Pasco. La mula con toda esta delicada tarea de carga, sólo podía estar a cargo de personajes especializados: los muleros cerreños y los empresarios fleteros de Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero, Salta, Jujuy. Desde allí había que traer las mulas que la industria minera cerreña requería. Así, los gauchos y cholos cerreños -llamados muleros por esta profesión- conducían miles de mulas a través de las inmensas pampas argentinas y, trepando los nivosos Andes llegaban a nuestros predios.

El mulero, por esta razón, fue un personaje especial en el Cerro de Pasco durante todo el siglo XVIII. Alcanzó tal nombradía que, impresionado por su prestancia, audacia, extrema sensibilidad y notable habilidad ecuestre, el pintor francés Leoncé Angrand, al visitar nuestra ciudad, lo plasmó en numerosos lienzos y apuntes a pluma. Fue hombre duro, acostumbrado a las tareas de campo y a lidiar con mulas ariscas. De estoicismo proverbial, gozaba de un profundo sentido de libertad. Jamás, bajo ninguna condición por apremiante que fuera, la perdió para bajar a los socavones; su vida fue libre como los aires. Generalmente joven, hijo de dueños de minas en el mejor de los casos o de comerciantes que proveían de bienes a los mineros –se les llamaba “aviadores” por el negocio de los avíos mineros-; guitarrista, decidor, enamorado y “pata de perro”, su “profesión estaba como pensado para él puesto que servía para saciar su sed de aventuras”. Trashumante impenitente, amante de aventuras, mercaba mulas y caballos para la carga y el transporte; su negocio redondo consistía en la venta de mulas para el trabajo minero; de ahí su nombre. Muchos de ellos, con el bozo insinuándose en su rostro imberbe, abandonaban la casa paterna rebeldes ante el peligro del enganche para el trabajo socavonero.

El amor, brújula alucinante de la juventud, los atraía con fuerza extraordinaria, Tenían, como los marinos, “en cada puerto un amor”. Guitarra en mano, serenateros y cantores, enamoraban a las parlanchinas tucumanas, entrerrianas, santiaguinas y cordobesas; especialmente a las de Jujuy, que como las pinta Carrió de la Vandera, eran las más pulidas y graciosas; parecidas a las sevillanas, con una correcta pronunciación del castellano, elegantes aunque no tanto como las limeñas; alegres y querendonas. Las de San Felipe de Real, -más conocido por Salta-, bellas, de rostro atezado, con largas cabelleras que les cubrían las caderas, trenzadas con hermosas cintas de colores. ¡Cuántos amores no habrán dejado por aquellos andurriales de Dios!.

Esta obcecada inclinación a conservar su libertad los mantenía solteros hasta que, pasados los años, decidían “sentar cabeza” e instaurar un hogar. Éstos eran los menos; los más llegaban a viejos para vivir de sus recuerdos, narrando sus aventuras y entonando mulizas ante arrobados auditorios de chinganas amicales.

Lo más notable de este bizarro jinete, -hablando de su indumentaria- era su chambergo de amplias alas que le permitía, sin ningún menoscabo, resistir la fuerza de granizos y trombas de agua; la nieve implacable, el viento silbante y envolvente o las agudas esquirlas de las heladas nocturnas y amanecientes. Tal su resistencia. Era también cobertura providencial para atenuar los quemantes rayos solares de las inmensas estepas; calado sobre la cabeza, cubría la pelambre alborotada y rebelde que estaba previamente contenida por vincha o pañuelo de color; terminando en un barboquejo resistente anudado en el barbado mentón o, al cuello, si se lo ponía a las espaldas. Era peculiar este sombrero viajero, oscurecido por vientos, lluvias, heladas y distancias. El pañuelo, generalmente en derredor del cuello, le servía para cubrir sus narices ante la arremetida de polvorientas ráfagas que en determinados tramos de la vía lo sorprendían.

Los pantalones de abrigadora lana o “diablo fuerte”, con rodilleras y entreperneras de cuero, iban sobre el calzoncillo de bayeta, sujetos con gruesa correas de cuero de enormes hebillas que no sólo servía para sujetarlos, sino también para contener el enorme puñal que era arma y utensilio imprescindible en su vida. Este instrumento de hoja brillante y sólida, diseñada más para herir que para cortar, era traído desde Toledo hasta el consulado español de la ciudad. Su calidad, finura y resistencia, eran extraordinarios; contaba con guarnición para cubrir el puño y, gavilanes para los quites; mucho se asemejaba al “Facón” gaucho.

Las botas de media caña contenían el extremo de los pantalones y las tintineantes espuelas nazarenas de plata. El torso cubierto con camiseta de franela, debajo de una camisa de bayeta o jerga sobre la que vestían chompa y pelliza de cuero con interior de lana y fuertes botones de cuerno de toro; adherida a la chaqueta, una cruz hecha con la “Palma de la Pasión” bendita el Domingo de Ramos, para protegerse de rayos, truenos y tempestades. Y siempre, sin falta, a la grupa del caballo, una querendona vihuela para los momentos del alma que no eran pocos y, la cantimplora para el agua salvadora.

Cubriendo todas estas prendas, el poncho, tejido en lana de vicuña que le proporcionaban un abrigo proverbial; a pie o sobre el caballo, cubrían todo su cuerpo y, en otros casos, lo revestían con otro ligero de hule impermeable que colocaba encima del anterior, evitando que se empapara con la lluvia. Llegada la noche, ponchos y caronas de caballo le servían de cama y, la silla, de almohada. En la mayoría de los casos, tras la consulta con la expresión de los cielos, ante la amenaza de lluvia, podían usar los toldos que los protegerían durante el sueño.

El correaje y montura de cuero, portaban a un costado, el lazo y el zumbador; enorme zurriago que hacía restallar en las soledades para conseguir la obediencia del muleraje; a esto se añadía el fuete o fusta de cuero con incrustaciones de plata.

El mulero cerreño había conseguido un mimetismo extraordinario con el gaucho del Plata, su compañero de conducción de mulas. Igual valor, igual independencia, igual sensibilidad. En su desconsuelo y soledad –compañeras de su vida- la música y la canción venían solos a sus labios; el mulero aventurero, sabía cantar; le inspiraban el canto postrero de los pájaros en el atardecer, el incendio del sol en el horizonte, el profundo silencio de las pampas y los atardeceres ganadores de sombras y nostalgias. El sufrir la distancia del ser amado, el misterio del porvenir nada seguro, le enseñaron a cantar. Su trova pujante y vívida creció en la pampa como activa expresión de su vida errante y viajera. También en el vivac nocturno, endulzaba la noche con su entonación de congoja dolida. Voz y guitarra, confidentes de desconsuelo, se escuchaban hasta bien entrada la noche, angustiando el pecho de aquellas figuras perfiladas alrededor del fuego; les llegaba desde la infinita armonía de aquella naturaleza montaraz y salvaje donde el mugido y el relincho redondeaban la idea de paisaje. Cantando ganaba el ánimo de sacar la melancolía hasta la superficie de su ser y alcanzar la conformidad de su dolor.

El mulero vino a ser –salvando distancias y tiempos- el mismo bardo, el vate, el trovador de la Edad Media que se desplazaba entre ciudades cantando a sus héroes perseguidos por la justicia, a su tierra -“su pago”- que ama no obstante su errancia, a la mujer que ama y muchas veces lo desdeña; está haciendo candorosamente la misma labor de la crónica, relato de costumbres, historia y biografía, como lo hacían los bardos de aquellos tiempos y, que más tarde van a ser recogidos como documentos para que los historiadores ejerzan su trabajo de relatores de tiempos pasados. Nuestros muleros eran poetas y músicos además de valientes y expertos jinetes. Eso todo el mundo lo sabe. Sus versos querendones, urdidos con aliño y mucho afecto, alimentados por una música dulce y acompasada era propagada por los dilatados espacios libres de las pampas, entre el norte argentino y el Cerro de Pasco. En la monótona tarea diaria de conducir miríadas de mulas, los silbidos, guapeadas y gritos, se alternaban con la dulce canción que al compás del trote de las cabalgaduras entonaban; eran endechas musicales inspiradas en las querencias dejadas en los tambos de la ruta; canciones de un corte peculiar y sentimental que por ser canción de muleros devino en muliza. Esta nueva creación llegó a reemplazar al triste que entonaban al calor de los fogones camperos, matizados con vidalitas y alegres cielitos, Más tarde en las chinganas del predio minero adquirían carta de ciudadanía cuando el pueblo la hacía suya; poetas y músicos citadinos crearon otras mulizas que el pueblo cantaba con deleite.

Por otra parte, en llanuras tan inmensas donde sendas y caminos se cruzan en todas direcciones y las bestias transitan a campo abierto, es preciso seguir las huellas del animal que se ha escapado y distinguirlas de entre mil; y saber por la simple observación de los rastros, si va libre o cargado, despacio o ligero; y cuándo pasó por aquel lugar; es decir debe ser un rastreador, especialista en huellas porque continuamente se veía sorprendido por alguna contingencia. En el trayecto muchas mulas “volvedoras” se separaban huyendo de la tropa y se internaban en montes y roquedales; de allí tenía que sacarlas; solamente quien sabe descifrar en los accidentes del suelo las pistas dejadas podía realizar la tarea. También debía ser acertado baqueano; hombre que conoce como la palma de su mano inmensidades de leguas y leguas de terreno; saber por dónde debía transitar con su tropa, dónde abrevar y dónde buscar seguridad cuando lo requiriera la hora, las urgencias de la marcha o las inclemencias del tiempo; debía saber “cortar” campo a través de treinta o cuarenta leguas por la pampa sin sendas, sin árboles, sin accidentes notables de referencia y llegar justamente a la encrucijada de los caminos; esto le ahorraba una jornada o dos; debía conocer las variantes que por riadas o avenidas de ríos peligrosos debía sortear. Por éstas y otras razones debía ser notable baqueano y excelente rastreador; ser, además, un hombre paciente y sufrido para soportar sin una queja la sed, el hambre, el frío, la lluvia, el calor, la fatiga, las grandes nevadas que en las cordilleras hacen desaparecer los caminos; debía saber por la intuición que alimenta la experiencia, si la tormenta que se avecina traerá lluvia, granizo o nevada para tomar las provisiones del caso; si las mulas bufan porque son ariscas o porque en la oscuridad de los peñascales han descubierto la presencia del puma en acecho; debía distinguir sin equivocarse si la polvareda que se veía a grandes distancias era producida por animales, carretas o por una partida de maleantes cuatreros y abigeos que por la ruta proliferaban. Por eso, un mulero viejo exclamaba: “Es triste la vida del mulero: venga frío, venga lluvia, venga nieve; el mulero no puede abandonar a su tropa, sino proteger con el escudo de su vida a su gente y a sí mismo”

El mulero cerreño al afincar su libertad en la rebeldía y su tarea de viajero empedernido, confiaba ciegamente en su caballo, compañero inseparable de aventuras. Este noble animal fue un admirable instrumento en sus manos. Con él se liberó de la mita y la encomienda mineras. Es más. Con él se convirtió en jinete de leyenda, uno de los más grandes jinetes que han alcanzado a ver las caballerías del mundo –cosacos, mamelucos, gauchos, llaneros charros y rotos-; de conquistado se transformó en conquistador. Las distancias fueron empequeñecidas por él. Jinete y caballo se compenetraron de tal manera que llegaron a ser uno solo. Podía ir el jinete dormido o borracho sobre su caballo, él lo sostenía. Cuando perdía el caballo, compungido, reclamaba:

“Mi caballo es mi vida, mi bien, mi único tesoro; ladrón devuélveme mi moro, yo te daré mi querida..”

Inclusive su identificación era tan manifiesta que, antes que a la mujer, prefería a su caballo.

“Mi mujer y mi caballo, se han ausentado; mi mujer puede marcharse; ¡mi caballo me hace falta!

Después de trotar centenares de kilómetros conduciendo la bagualada de mulas, no era de él que se ocupaba el mulero, sino de su caballo; éste después de trotar inconmensurables distancias a sólo agua, volvía exhausto; el mulero se ponía a cuidar de su bestia fraternal: le practicaba incisiones en el paladar y le hacía tragar sal pulverizada y con sal cuidaba de sus heridas. Las bestias se reponían y engordaban.

Era la época en que los opulentos mineros, además de los que utilizaban en sus labores cotidianas, contaban con cinco o seis caballos de silla de fina estampa, impresionantes, enormes, traídos de Argentina o de los campos chilenos pagando un precio fabuloso por ellos.

Para un cuidado adecuado y conveniente, hacían construir caballerizas especiales en sus casas solariegas provistas de buen techo y paredes gruesas; no debía existir ningún resquicio por donde pudiera colarse el aire frío que atentara contra la salud de los equinos. Cada animal estaba muy bien protegido por una gruesa capa de interior de lana y cobertura de tela más ceñida, abrigadora –“capa para caballos”- que le cubría todo el cuerpo para conservar su calor; el piso cubierto de aserrín para proteger los cascos; su alimentación exclusiva con forrajes especiales y avena de la mejor calidad además de los pastos de su entorno que les permitía lucir saludables y robustos. Su fina pelambre lustrosa asentaban con cepillos especiales. Los había de todos los matices: Alazanes, tordillos, zainos, bayos, overos, castaños, ruanos, morcillos y moros.

Eran el orgullo de los rumbosos cerreños de antaño, sinónimo de nobleza, fidelidad, temperamento y altivez; cúmulo de virtudes admirables que proclamaban su estirpe. Habían heredado de las jacas españolas la elevación de los miembros delanteros; de los berebere, su ambladura, es decir su modo de andar; del árabe su delicadeza y hermosura. Era un deleite para la vista su marcha llena de gracia pinturera y su monumental figura. A las romerías asistía con sus corceles muy bien emperifollados, apero o conjunto de arreos de fino cuero, reforzado con plata brillante: terno de cabeza o jato, falsa rienda y, sobre la montura “de cajón”, el pellón de mechas llamado sampedrano, adquirido en el norte al costo de un “ojo de la cara”. El jinete con elegante terno inglés sobre el que calaba su poncho de vicuña, alón sombrero de paja de junco o de toquilla, pañuelo blanco de seda al cuello, poncho fino de lana de vicuña; zapatos altos y artísticas espuelas “Nazarenas” de plata. El escenario para el lucimiento: Huariaca, Yanamate, Quiulacocha…

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